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19/08/2019

La situación de calle según los excluidos: “Lo peor no es el frío, es la lluvia”

Con trayectorias vitales muy diversas, pero con el mismo resultado de exclusión, más de 2 mil personas viven en situación de calle. El Estado ensaya respuestas con resultado dispar

Inmediaciones del Hospital Pasteur. Foto: R. Pérez. 

Ángela Rocío Pérez / Sudestada / @arocioperez

En las inmediaciones del Hospital Pasteur, ubicado en el barrio Unión, es posible contar entre 10 y 15 personas durmiendo en la calle cada día. Fabián Patrón (35) es uno de ellos. Contó que llegó a esta situación por culpa de las drogas. Trabaja como cuidacoches desde la mañana hasta las 22 horas aproximadamente. Es por esto que nunca fue a un refugio, en los que hay que presentarse antes de la noche si no se pierde el lugar, en caso de tener uno. Ninguno de los que duermen allí van a los refugios por la misma razón que él, comentó Patrón.

El frío lo combaten con el plato de comida que todos los días les brindan en el comedor de la Iglesia San Agustín, separada del hospital por la Plaza de la Restauración. “Lo peor no es el frío. Es la lluvia”, aseguró Patrón. Cuando llueve por la noche el único refugio que encuentran es el de los techos de las tiendas de 8 de octubre.


Fabián es uno de los que nunca fue a un refugio. Foto: R. Pérez. 

Además del comedor de la iglesia y el constante movimiento de autos y taxis, una de las razones para elegir la zona es el grupo humano que allí duerme. Según Patrón, como “se conocen todos” sabe que no le van a robar sus cosas por la noche.  Sin embargo, a una cuadra otro cuidacoches se quejó con una vecina de que le volvieron a robar la escoba mientras dormía.

Washington Rodríguez (60) es uno de los que hace más tiempo que vive en esas calles. Los parroquianos lo conocen por el nombre y le arriman un café por las mañanas. Rodríguez no recuerda cuántos años hace que está en situación de calle, pero sí que fue desde que lo desalojaron de la casa que era de su madre fallecida. Nunca fue a un refugio del Ministerio de Desarrollo Social (Mides) ni tiene interés en hacerlo porque “está bien así”, expresó.


Washington no tiene interés en ir a un refugio, a pesar de los años que lleva en situación de calle. Foto: R. Pérez. 

Durante el día pide limosna en la puerta de la iglesia, a lo que se refiere como “su trabajo”. Por la noche duerme bajo un alero en la avenida principal del barrio. De joven trabajó en el Mercado Modelo, hasta que lo despidieron por falta de recursos. No tiene jubilación ni pensión. Intentó tramitarla pero desistió porque “cada vez le pedían más papeles”, contó.

Plan piloto para la Unión


La Unión tiene un centro piloto que funciona hace un año. Foto: R. Pérez. 

A seis cuadras del Pasteur se encuentra el refugio nocturno del barrio. Es una casa con un estrecho alero de tejas, garage al costado, un pequeño patio al frente y rejas que la separan de la vereda. Sobre un rincón cerca de la entrada hay amontonadas algunas bolsas y cajas. Durante el día, como no tiene cartel, este centro pasa desapercibido por los transeúntes. Los que sí saben bien de su existencia son los vecinos, que ven llegar a una treintena de hombres cada puesta de sol esperando su turno para entrar.

El refugio de la Unión abrió hace poco más de un año como un plan piloto en el que los usuarios de la zona que aspiren a una plaza van directamente allí a solicitarla y, si quedan vacantes, el equipo del lugar las asigna. A diferencia del resto de los refugios nocturnos que solo aceptan usuarios que hayan sido derivados desde la Puerta de Entrada del Mides. Con esta misma modalidad trabajan, por el momento, tres centros nocturnos de contingencia para el invierno, que se abrieron en mayo y cerrarán en octubre.


Eleonora Bianchi, directora de Protección Integral en Situaciones de Vulnerabilidad del Mides. Foto: Presidencia.

La necesidad de este centro fue planteada por los vecinos del barrio, según Eleonora Bianchi, directora de Protección Integral en Situaciones de Vulnerabilidad del Mides. Los habitantes de la Unión presentaron como problemática que muchas de las personas que pernoctaban en la zona no iban a los refugios por la distancia hasta la Puerta de Entrada, ubicada hasta el año pasado en el Centro y desde el verano pasado en el Parque Rodó.

Hasta el momento la experiencia es calificada como “muy positiva” por la directora. Si bien la idea a futuro es extender esta modalidad a todos los centros, aún no se ha replicado porque no se detectaron otras zonas lejanas al Parque Rodó que requieran un centro de estas características, explicó Cecilia Molina, una de las responsables del programa Calles perteneciente al ministerio.


La nueva "Puerta de Entrada" del Mides funciona en el Parque Rodó. Foto: R. Pérez.

Sacando la particularidad de que el centro se gestiona con su propia “puerta de entrada”, funciona igual que el resto de los 32 refugios nocturnos del Mides. Los centros son gestionados por organizaciones civiles o cooperativas de trabajo que ganaron las licitaciones pertinentes.

Todos tienen 30 cupos, que se extienden a 33 durante el invierno, habitaciones con ocho camas distribuidas en cuchetas; ofrecen cena y desayuno a los usuarios, así como la posibilidad de ducharse, mirar la televisión y cargar su celular. Un equipo técnico acompaña a los usuarios con el fin de mantener la armonía en la convivencia y ayudarlos en el proceso de egreso del sistema de refugios.

“Es un trabajo socioeducativo”, afirmó Molina. Mediante el seguimiento individual y talleres grupales se enseña a los usuarios, por ejemplo, cómo presentarse en una entrevista de trabajo y cómo armar su currículo. Por centro hay asignados un psicólogo, un trabajador social, dos educadores, un auxiliar de enfermería y un auxiliar de servicio.

Una vez que los usuarios tienen una plaza fija asignada en un refugio, deben presentarse cada día en el centro correspondiente entre las 18 y las 20 horas y abandonarlo a las 9 de la mañana. A excepción de los domingos en los que pueden quedarse todo el día, si lo desean.

Una vez cerradas las puertas cada refugio contabiliza las inasistencias y avisan al Mides para que puedan asignar las plazas vacantes a otra persona. Si un usuario con plaza fija llega a las tres inasistencias injustificadas de forma consecutiva, pierde su plaza y debe volver a solicitar asilo en la Puerta de Entrada.

Cuando están todos los refugios llenos



Entre la sala de espera, el patio interno o la vereda de la Puerta de Entrada del programa, todo el día hay hombres, mujeres e incluso niños con sus madres pidiendo asilo. Esta es la razón principal por la que el centro se trasladó desde la calle Paysandú a la calle Maldonado.

En el antiguo local los usuarios no tenían la posibilidad de esperar a que le asignen un refugio adentro, al resguardo del frío y la lluvia. Cada día durante el invierno se acercan entre 80 y 120 personas pidiendo refugio, dijo a Sudestada Karina Mello, responsable del programa de Captación y Derivación del Mides, que gestiona el centro. Esto sin contar a los usuarios que se acercan al centro a consumir sustancias con sus compañeros, hacer ajustes de cuentas o buscar a su pareja, por ejemplo, expresó Mello.

“Por eso, a veces, también hay un montón de conflictos que son externos a nosotros”, sentenció. La cantidad de personas que frecuenta el lugar es una de las principales razones para hacer réplicas del plan piloto de la Unión y descentralizar la gestión. Del centenar de usuarios que se acercan a pedir refugio diariamente solamente cinco son primerizos en el sistema. “Lo que se da más es la itinerancia: egresás a una persona y a los seis meses vuelve a la puerta a pedir cupo”, dijo Molina. A este fenómeno le llaman “puerta giratoria”.

Los usuarios que llegan al centro del Parque Rodó a pedir una solución para pasar la noche son atendidos por el equipo técnico que tiene como función, según la responsable del centro, evaluar la situación de la persona para ver si hay otra solución posible para que vaya con sus familiares o conocidos. Si esto no es viable, toman sus datos y, si es que no hay plazas fijas disponibles en algún centro, pasadas las 20 horas asignan por el día los lugares de aquellos que faltaron a los refugios.




Con el centro ya asignado los usuarios deben ir por sus medios hasta el lugar y al día siguiente tienen que volver a la puerta de entrada y esperar una nueva vacante. “Por esta alta demanda que hay puede ser que tenga que ir muchos días hasta que quede un lugar libre”, comentó la jerarca del programa. También aclaró que, de todos los que piden refugio y aguardan allí hasta la noche para ver si quedan vacantes, no todos consiguen lugar. “Hay días que puede quedar alguna persona afuera, pero no vamos a hablar nunca de más de cinco personas, este año”.

Sudestada fue testigo de una de esas ocasiones en las que llegó una persona al centro y recibió como respuesta que no quedaban vacantes. Mientras esperaba ser atendida en el hall del centro, una periodista presenció cómo un hombre joven pedía asilo por primera vez y el encargado del lugar, sin indagar en la situación del joven, le dijo que estaban todos los refugios llenos y que no sabía cuándo se liberaría algún lugar. “Venite la semana que viene, capaz”, le recomendó.

Las que sí tienen un lugar asegurado son las madres con niños. El ministerio cuenta con centros específicos de cuidados 24 horas para ellos, otros para ancianos y también los hay para personas con patologías psiquiátricas. Al momento todos los centros para madres con niños están llenos. Cuando esto pasa el organismo tiene que rentar habitaciones de hotel para brindarles resguardo. “A veces al otro dia ya ingresan a un centro. A veces pasan tres meses y todavía siguen en el hotel. Esa es la realidad”, aseguró Mello. Al momento hay 15 habitaciones destinadas a estos fines.

El programa de Captación y Derivación, además de la Puerta de Entrada, también se encarga del Equipo Móvil, que atiende los llamados de vecinos que denuncian casos de personas en situación de calle. Este equipo recorre en varias camionetas la ciudad de Montevideo de 9 de la mañana hasta la medianoche.



En promedio durante el invierno reciben 50 avisos diarios, pero en días de frío extremo llegan a ser 100. Para ordenar el trabajo, priorizan a las mujeres con niños, ancianos y casos de los que no tienen un registro previo en el sistema. Sacando estos, que sí o sí se atienden en el día, las demás denuncias que no se lleguen a atender pasan para el día siguiente.

Una vez en el lugar, si efectivamente se encuentra la persona y acepta ser asistida, según cada caso se toman las medidas pertinentes. “En general requieren mucha atención en salud”, dijo Molina, por lo que llaman a la línea 105 de Salud Pública y esperan el móvil o llevan a la persona a la emergencia. La responsable del equipo denunció que cuando las puertas de los hospitales están saturadas, por ejemplo durante una ola polar, “ven llegar al equipo móvil y empiezan a los gritos porque no quieren atender a la gente”.

Quiénes están en situación de calle



En Uruguay hay al menos 2038 personas en situación de calle, según el último censo oficial realizado en abril, un 18,4% más respecto al último censo de 2016.

Casi la mitad de estas personas (995) pasan la noche en refugios. El resto (1043) duerme a la intemperie, lo que representa un 72,7% más de las personas que dormían en la calle en el último relevamiento.

Llegar a vivir en espacios públicos es un fenómeno multicausal, según Santiago Bachiller, antropólogo especialista en exclusión social. “No se limita solo al plano económico. Abarca dimensiones culturales, políticas y acceso a instituciones sociales”, afirmó el especialista.



Bachiller también mencionó dos cuestiones a tener en cuenta: la primera es que “es un universo muy heterogéneo que mezcla gente que solo puede conciliar encontrarse porque el Estado los pone en la misma bolsa y los obliga de alguna manera a convivir la situación de exclusión”. La segunda es que, en general, “todos sufren procesos de exclusión social primero y residencial después”, aseguró Bachiller.

Una de las razones por las que las personas no acceden a ir a un refugio, según el antropólogo es no querer vincularse con el Estado, en los casos en que estuvieron recluidos en centros de menores o penitenciarios o aquellos que fueron desalojados de sus viviendas. También el no querer sufrir el estigma negativo que creen que tienen los otros usuarios de centros o el rechazo a la convivencia colectiva y sus normas.

Otra de las razones, para Bachiller, es el prejuicio de lo que sucede dentro de los refugios, como robos y violencia. Respecto a este último punto, Mello dijo que la razón para no ir a un refugio “increíblemente no es lo que surge por ahí que es que en los centros te roban. En los centros pasa eso y un montón de otras cosas más como cualquier lugar que haya una convivencia de 30 personas”, aseguró. Contó que “cada tanto” se denuncian robos principalmente de celulares y championes.


Ademar, Edinson y José (junto a su perro), no tienen intenciones de acudir a un refugio. Foto: R. Pérez. 

A unas cuadras de la Puerta de Entrada del Mides duermen en una esquina Ademar Ramos (45), Edinson Sosa (40) y José Luis Pereira (60). Ninguno de ellos ha estado en un refugio y no tienen intenciones de hacerlo. En el caso de Ramos, está en la calle desde hace un año y medio cuando lo desalojaron del terreno que habitaba. Tiene una afección en la columna que le impide hacer trabajos físicos, como la construcción.

Según él este es el rubro donde mejor se gana. Hace poco consiguió un terreno en Ciudad del Plata pero pidió al Mides sin éxito dinero para comprarse “chapas para el rancho”. Como positivo resaltó que el ministerio “te ayuda a sacar la cédula”.

Sosa es de San José y hace el mismo tiempo que está en las calles de Montevideo. Toda su vida trabajó en la vendimia, pero contó que “ya no hay tanto trabajo” y cuando se peleó con su esposa decidió irse de la casa y probar suerte en la capital. Una vez fue al Mides a pedir ayuda pero le dijeron que no había lugar y no fue más.

Pereira, a diferencia de ellos, hace cinco años que duerme en la calle, a raíz de un desalojo. No quiere ir a un refugio porque tiene un perro y un carro de supermercado con cosas con el que, según él, no lo dejarían entrar. Sosa reafirmó a su compañero diciendo: “Creo que solo te dejan entrar con una mochila” y además agregó que “ahí te roban”.

Los tres se conocieron en la calle hace unos meses y recorren la ciudad según el itinerario de ferias barriales en las que venden objetos usados que encuentran tirados o que les donan.

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